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El menor lleva las de perder

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Tengo dos hermanas mayores y por lo tanto han logrado influenciar algunos aspectos importantes de mi vida personal, como, por ejemplo, gustos musicales y nivel de baile —mi papá también hizo su trabajo en este punto—, entonces si no te gusta cómo bailo, ya sabes a quiénes culpar.

Por Juan Manuel Reyes Trujillo | Linkedin | Twitter
Edición: Camilo Jaimes Ocaziónez

Mi hermana mayor era más amiga de los clásicos en inglés de los ochenta u «ochenteros»como prefiero llamarlos yo. En cambio, mi hermana del medio era un poco más chucuchucu y su género musical favorito era el vallenato, ritmo que en mi casa y en mi época de niñez y adolescencia no tenía gran acogida y era rechazado unánimemente por todos… Mejor dicho, ¡el vallenato sólo le gustaba a ella! Lo cierto es que, mis hermanas y yo fuimos educados con sólidos principios democráticos desde la niñez, razón por la cual, desde que recuerdo en mi casa establecíamos reglas que los tres hermanos respetábamos con apasionamiento y que se ejecutaban pronunciando las que recuerdo como los conjuros más poderosos de mi infancia: «¡me pido…!» y «¡me pido no…!”.  

Me tomaré dos cortos párrafos para ahondar un poco más en las reglas de convivencia de manera tal que haya absoluta claridad de cómo funcionaba cada una.

“¡Me pido…!” se usaba habitualmente para apropiarse de la posibilidad de escuchar la música que uno quería, ver los programas de televisión de preferencia o escoger el primer turno a la hora de los video juegos de quien emitía la frase. También aplicaba para otras apropiaciones, pero las más habituales eran las enunciadas. El efecto tenía un día de duración. 

Por su parte, “¡Me pido no…!» era emitida para excluir al emisor de la realización de tareas que considerábamos aburridas como contestar el teléfono, abrir la puerta de la casa o salir a hacer alguna compra. El efecto también tenía un día de duración. 

UN-DÍ-A-DE-DU-RA-CIÓN… Por ello, en mi casa no era extraño que los hermanos estuviéramos despiertos a las 23:59 esperando que el reloj se pusiera en las 24:00 para hacer los pedidos al unísono. 

¡Güepa Bros! 

La música era lo primero que se pedía pues si me hermana del medio ganaba, fácilmente un lunes se podía convertir en viernes al ritmo del acordeón y durante el almuerzo sin saber cómo, uno terminaba tarareando alguna de Diomedes o del Binomio de Oro de América. 

Nuestro primer equipo de sonido fue un Aiwa, con Compact Disc por supuesto. Y el primer cedé que mis papás nos regalaron fue el de Carlos Vives y sus Clásicos de la Provincia… ¿Adivinen quién fue la persona que más lo disfrutó? 

A media que fuimos creciendo se fue mejorando el equipo de sonido, de 3 CDs hasta llegar a la bandeja de 5, pues el nivel de las fiestas también iban en franco ascenso.

Más adelante o quizás en otro blog ampliaré la historia de las fiesta en mi casa porque gozaban de gran acogida y reputación…

Los videojuegos también hacían parte del sistema ¡Me pido…! Con respecto a estos, mis papás nos compraron un Family Game —en San Andresito, por supuesto— aunque el sueño de los tres, o por lo menos el mío, era que nos compraran un Nintendo que nunca llegó. Desde entonces tengo muy clara una de las más famosas leyes de la vida: no se puede tener todo lo que uno quiere.

Con mi hermana vallenatera siempre queríamos jugar Mario Bros, pero la mayor solo jugaba Mappy y cuando ella ganaba su derecho de primer turno en las primeras horas del día con el famoso ¡Me pido…! era una verdadera tragedia para nosotros dos.

Para los «milenial» que de pronto no entienden de lo que hablo, Mappy se trataba básicamente de un ratón que se desplazaba a toda velocidad por unos laberintos brincando sobre unas telarañas para coger el mayor número de quesos posible mientras escapa de las garras de un gato cazador. El problema siempre fue que la destreza que ella tenía para ese juego era… ¡Nivel Dios, por no decirlo menos! Fácilmente nos hacía esperar por al menos una hora nuestro turno para poder jugar Mario Bros.

Otros juegos clásicos del Family y que vale la pena recordar eran Contra… ¡Uff, juegazo! Y Circus el cual disfrutábamos los tres.

Cross glotones bus

Mis hermanas siempre gozaron de mejores beneficios que yo. Para argumentar lo anterior, les compartiré primero otra ley de la vida para luego compartirles lo ocurrido. Entonces, ley de vida: si eres el menor heredarás cosas de los mayores —en mi caso fue solo la bicicleta por la inmensa grandeza de Dios, porque si hubiera sido mujer, seguro que la ropa remendada, no tendría un destino final distinto al de mi armario— además de que los regalos correrán el riesgo de ser inferiores a los de tus hermanos, en especial, antes de que cumplas los seis años.

Por lo de heredar, no fue tan grave. Efectivamente en mi casa la única bicicleta que había la debíamos compartir entre los tres. Para mi fortuna, ésta era una súper cross color rojo Ferrari, que aunque usada y rayada aguantaba ¡para qué! El verdadero problema fueron los regalos de Navidad, pues mientras mis hermanas recibían un muñeco inmenso cada una —se llamaban los Glotones— a mí me regalaban un camión chimbo que tenía que halar con una cuerda, en la imagen se ve con claridad que no miento… 

¿Qué pasó con la democracia? 

El trato desigual no se limitaba sólo a los regalos. El colmo de las injusticias llegó a su máxima expresión cuando entré a cursar octavo grado en el colegio y mi mamá dijo, “usted ya está muy grande y la ruta del colegio está muy cara… ¡A coger bus!”. Aquí cabe reseñar que mis hermanas tuvieron ruta puerta a puerta hasta obtener su grado de bachilleres. Pura desigualdad además de machismo del que no nos conviene a los hombres… ¡¿Ah?!

Como todo en la vida, el nuevo transporte tenía sus pros y contras. Bueno, la verdad solo tenía un pro y el resto eran puros contras.

El pro. Empecemos por lo bueno de tener que coger bus: la mayoría de veces pasaba el mismo señor a la misma hora y en el mismo bus de sillas verdes. Al cabo de 20 días de trayectos, ya no se hacía necesario sacar la mano para que parara. Todo se volvió automático. El bus se detenía, abría la puerta, uno subía y se saludaba con el conductor. Al igual que yo, la mayoría de pasajeros eran casi siempre los mismos. 

Contras. Uno tenía que madrugar un poco más y la salida a la calle era de noche y con un frío tremendo, porque la entrada al colegio era a las 6:30 a.m. Retrasarse era fatal, porque la demanda de usuarios aumentaba de una forma dramática así el retraso fuera de sólo cinco minutos. Fueron muchas las veces que tuve que irme para el colegio prácticamente colgando en la puerta mientras el conductor, que no paraba de recoger gente, me decía “siga, siga que atrás hay campo”.

Mi colegio quedaba en Teusaquillo, barrio bonito y tradicional de Bogotá, pero con un inconveniente no menor y era que a la inmensa mayoría de los que nos mandaban en bus de servicio público nos teníamos que bajar en la temible Troncal Caracas, avenida interminable, gris y de urapanes en agonía, en la que en aquella época sus paraderos eran una especie de jaula en la que al bajarnos los usuarios quedábamos acorralados entre una pared y unas barras separadoras, donde éramos presa fácil de los atracadores. Y claro, a mí, como a tantos otros, me tocó “bajarme” por lo menos una vez de la plata para las onces en aquella avenida. Gracias a Dios el día que me pasó a mí, mis amigos hicieron “vaca» para mi pasaje de regreso a casa. 

En conclusión y para ir resumiendo este relato que seguro avalan todas las personas que han tenido como cruel destino al igual que el mío de ocupar el último lugar de nacimiento entre sus hermanos. La vida no será nada fácil. Heredamos todo lo que sea susceptible a uso, no tenemos un abuel@ que nos quiera más que a los otros niet@s  —ellos ya habían escogido a su niet@ favorit@ antes de que tú nacieras— y para rematar seguro que tus herman@s mayores te van a pegar cada vez que puedan hacerlo. 

Bueno, por hoy me despido no sin antes contarles que el bus de servicio público también me acompañó durante todo el transcurso de la carrera universitaria y además de quedarles debiendo las famosas historias de las fiestas en mi casa…

¡Será para un próximo blog!

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